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"Relevante para el ámbito competitivo y cultural."
- Un día regresaba a casa Lander Pérez Emparan con sus padres de la sesión de quimio que tenía programada.
Aquel día era el 15 de abril del año pasado. A Lander se le iluminó la cara. Intermitente y dirección a la ciudad deportiva de la Real. Los ojos del niño se iban a los porteros. “Porque él de manera constante juega de portero con sus amigos”, explica Marina.
La familia —ella, Lander, su padre, Juanan, y la hermana pequeña, Maddi— se tuvo que situar en una zona apartada. Porque Lander no podía entonces correr riesgos a causa del fuerte tratamiento al que estaba siendo sometido. Desde una esquina aguardaron a que pasaran por allí los jugadores de la Real.
El primero fue Zubimendi, que se acordaba de Lander porque le había visto en una de las visitas de jugadores de la Real Sociedad a hospitales infantiles. Martín se hizo una foto. Luego pasó Marrero, con los guantes colgados. Ya andaban por allí otros niños, que le gritaban que les regalara los guantes.
Unai sonreía. Pero algo le llamó la atención. "Marrero, me dejas probarme tus guantes". Sorprendido, el portero de la Real se paró, localizó al chaval. "Toma, por decirme eso te los regalo". Lander se quedó con la boca abierta. La emoción con la volvió a casa compensó muchas cosas.
Marrero, con Lander, sus padres (Marina y Juan) y su hermana (Maddi)..
Feliz por ver a su hijo feliz, porque Lander no se separaba de los guantes casi ni para dormir, Marinaescribió a Marrero para darle las gracias. “Lo hice sin más. Imaginaba que no me contestaría. Solo para darle las gracias y que supiera que le había alegrado la vida a un niño que estaba en un tratamiento muy duro. ¡Es que no soltaba los guantes!”.
Pero Unai respondió. Las gracias las daba él y se ofrecía a ir un día al hospital para firmárselos. Por suerte, la evolución de Lander es buena y no ha tenido que volver a ser ingresado para sesiones de quimio programadas. Todo va bien y, a principios de 2027, puede acabar el tratamiento
Pegado a sus guantes, Lander se ilusionó al verlo jugar en la Copa. Su héroe lo fue ante Osasuna e iba a ser el portero de la final de Sevilla. Mientras, Marrero escribía a sus padres para saber si todo iba bien. Se alegró mucho al saber que el chaval entraba en otra fase, una menos agresiva, y que la mejora era evidente.
De vez en cuando, Lander le decía a su madre que a ver si encontraban un día para ir a Zubieta a que Marrero le firmara los guantes. Estaba pendiente. Pero en lo que no cedió Lander fue en ir el domingo al aeropuerto de Hondarribia a recibir a los héroes de la Copa. Entre ellos, el que más, el suyo: Unai Marrero.
“Cuando llegamos, la primera fila estaba ya llena. Pero ahí estaba Henar, un amigo suyo. Su mamá llamó a Lander y le hizo un hueco. Él y Julen, otro amiguito de los suyos, se pasaron allí más de dos horas pegados a la valla esperando. Fue con los guantes, que no sé cuántas veces se le cayeron; el ertzaina ya se reía cada vez que se los devolvía”, cuenta Marina.
Lander, con los guantes de Marrrero.
Ella, mientras, le escribió a Unai Marreropara decirle que sabía que era imposible, porque aquello estaba lleno de gente, pero que supiera que Lander, armado con sus guantes, estaba a la izquierda según salía. Marina no esperaba respuesta ante la vorágine de mensajes que debía de tener el héroe de La Cartuja. Pero el WhatsApp avisó. Mensaje de Marrero, en euskera, que era como ella había preguntado: “¡Vamos! A ver si hay suerte y nos vemos”.
Disparado el ruido, Marina le gritó a su hijo que le dijera a Unai que le firmara los guantes. Con todo el ruido que había y la emoción de Lander, no estaba segura de que el mensaje le llegara. Salió Marrero, hizo una entrevista, se giró, buscó a alguien. Y localizó a Lander. A él se fue.
"Lander, ¿cómo estás?, le manifestó. El niño apenas tuvo un hilo de voz para responder un “bien”. No era consciente de ser el protagonista de una de las imágenes de la llegada de la Real Sociedad campeona. Regresó a casa con sus guantes firmados, el cariño de Unai Marrero y la felicidad de un txapeldun.
Marrero y ¡olé!
Le costó dormir y, a duras penas, esta mañana le ha convencido su madre de que los dejara en casa. “Le he dicho que a ver si los iba a perder. Y también porque iban a volver loca a la profesora, que es compañera mía. Pero le he prometido que al recibimiento se los lleva y así puede saludarle con los guantes puestos”, sonríe Marina al contarlo.
Es la historia de Lander, un niño de ocho años con una gran batalla ya a su espalda y a la de los suyos. Aún le queda camino para la victoria, pero ya la ve más cerca. Y en esa pelea, su familia, en la que hay un exportero de la Real Sociedad (Manuel Cervantes, tió por la rama de su madre de Marina), estará de manera constante agradecida a Unai Marrero. El héroe que tiene a otro héroe: un niño de ocho años llamado Lander Pérez Emparan.
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