Cortex AI Analítica
"Análisis de relevancia para la actualidad."
- Vivimos en una época en la que la hiperconectividad digital ha producido una forma silenciosa de muerte: la pérdida progresiva de la conciencia.
Vivimos en una época en la que la hiperconectividad digital ha producido una forma silenciosa de muerte: la pérdida progresiva de la conciencia. Este ensayo propone una lectura de ese fenómeno a través de una imagen radical: la del ser humano como un cadáver en movimiento.
Bienvenidos al suicidio colectivo.
Vivimos rodeados de cuerpos que caminan, trabajan y miran pantallas, pero ¿cuántos estamos realmente vivos?
¿Puede un cadáver caminar en medio de una ciudad, trabajar o tomar un vagón del tren? Sí, absolutamente. De hecho, me encuentro con cientos de ellos todos los días.
Porque cuando la conciencia no está enfocada en la interpretación de la información que nos llega a través de los sentidos, no hay comprensión de la realidad, no hay hermenéutica, no hay vida consciente. Quien no es capaz de conectar sentidos y conciencia no vive: funciona. Es un cuerpo operativo, un autómata. Un cadáver en movimiento, sin una comprensión nítida del espacio que le rodea.
La sociedad actual está desconectada de la hermenéutica, pero profundamente conectada al mundo digital. Los algoritmos miden el tiempo que el ser humano moderno pasa en las redes sociales, pero no miden la calidad de su presencia ni la densidad de su experiencia.
En el plano de la interacción física, racional y emocional, el uso de los sentidos ha sido desplazado, reducido, casi anulado. Vemos sin mirar, oímos sin escuchar, tocamos pantallas, pero no cuerpos ni realidades. Y así caminamos: vivos, pero como cadáveres simbólicos, habitantes de una especie de purgatorio que ya no interpreta el mundo, solo lo consume.
A veces, de camino a casa, al salir de mi puesto de cadáver —donde paso nueve horas seguidas haciendo inputs frente al ordenador— tomo el transporte que me lleva a una morgue llamada hogar, donde me esperan otros cadáveres a los que llamo familia, y donde la interacción entre sus miembros ha quedado reducida a mínimos históricos.
En el trayecto, aparto la mirada del dispositivo y pienso: ¿qué tiempo de muerte tendrá cada persona que viaja en este tren? ¿Cuánta vida hemos perdido ya —con los hijos, con nuestras parejas, con los amigos, con los vecinos, con los amantes—¿ Una vida irrecuperable, muerta en vida.
Pero ¿cómo ser conscientes en un mundo que ha sido diseñado para anular la conciencia?
Entonces vuelvo a tomar el celular, para no recordar que estoy muerto, como los demás cuerpos que me rodean.
Y así, como cadáver en ejercicio pleno, en un momento de fugaz lucidez, la conciencia se conecta con los sentidos y se revela, por un instante, la hermenéutica:
La mirada de alguien que sigue muriendo, sumergido en su propia conectividad digital.
Por Henry Peralta, artista visual dominicano residente en París


