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"Análisis de relevancia para la actualidad."
- La reciente oleada de ejecuciones en Irán debería obligar a replantear uno de los supuestos más persistentes en el debate europeo: que la guerra, al debilitar a un régimen, acerca el cambio democrático.
Eso es precisamente lo que ocurrió en Irán. El conflicto externo no abrió espacio para el cambio, sino que lo redujo: permitió a las autoridades presentar la disidencia como una cuestión de seguridad nacional, justificar una represión más dura y actuar preventivamente contra la oposición organizada.
Las recientes ejecuciones deben entenderse en ese contexto. Entre el 30 de marzo y el 4 de abril, seis presos políticos, entre ellos ingenieros como Vahid Bani Amerian (33), Abolhassan Montazer (66), antiguo preso político de la época del sha, y Pouya Ghobadi (33), fueron ejecutados por su vinculación al principal movimiento de resistencia del país, los Muyahidines del Pueblo de Irán (OMPI o MEK). En los días siguientes, varios jóvenes arrestados durante el levantamiento nacional de enero de 2026 corrieron la misma suerte. No se trata de actos aislados, sino de una estrategia deliberada para contener a una sociedad marcada por un profundo malestar.
El momento elegido no es casual. múltiples de los ejecutados llevaban tiempo en el corredor de la muerte. Lo que cambió fue el contexto político. En plena guerra, con la atención internacional desviada y las comunicaciones internas restringidas, las autoridades decidieron ejecutar las sentencias. El objetivo era claro: disuadir y desmantelar cualquier forma de resistencia organizada antes de que pudiera rearticularse.Un sistema basado en la represión no colapsa bajo presión externa: se adapta y se consolida. La guerra desde arriba no genera movilización desde abajo; con frecuencia, la bloquea.
Las acciones del régimen revelan dónde percibe la verdadera amenaza: no en figuras simbólicas en el extranjero, sino en quienes son capaces de organizar la disidencia dentro de la sociedad.Estas seis ejecuciones políticas en plena guerra son reveladoras. Fueron acusados de participar en actividades vinculadas a levantamientos y acciones contra instituciones del Estado, es decir, de formar parte de un desafío organizado desde el interior.
La persecución sistemática de personas vinculadas a estas redes responde a una prioridad clara: romper la capacidad de coordinación dentro de la sociedad
Esa valoración refleja una realidad más amplia. Redes conocidas como Unidades de Resistencia del MEK operan desde hace años en distintas ciudades y sectores sociales en todo el país. Han contribuido a sostener la dinámica de protesta, incluido el levantamiento nacional de enero de 2026. La persecución sistemática de personas vinculadas a estas redes responde a una prioridad clara: romper la capacidad de coordinación dentro de la sociedad.
La misma lógica se aplica a la ejecución de jóvenes manifestantes. Los cargos —incluidos intentos de acceder a instalaciones militares— indican que las autoridades perciben una evolución desde la protesta simbólica hacia formas más organizadas y confrontativas. La respuesta ha sido elevar al máximo el coste de participar.
Esto explica por qué han fracasado dos enfoques dominantes hacia Irán. El primero fue el compromiso y la acomodación: no moderó al régimen, lo reforzó.El segundo es la ilusión opuesta: que una guerra desde el extranjero puede producir un cambio democrático. Esta visión ha sido promovida por Reza Pahlavi, hijo del depuesto Sha, cuya estrategia política depende de que potencias extranjeras lo lleven al poder desde fuera. Su fuerte vinculación con la ultraderecha le ha llevado a apoyar abiertamente la guerra actual, presentándola como una vía “humanitaria” hacia el cambio, dada su falta de presencia organizada dentro del país.
Sin embargo, el comportamiento del régimen apunta en la dirección contraria: no persigue a quienes esperan el cambio desde fuera, sino a quienes pueden organizarlo dentro del país.
El Consejo Nacional de la Resistencia Iraní, liderado por Maryam Rajavi, lleva años defendiendo ni el apaciguamiento ni la intervención extranjera, sino un cambio impulsado por la propia sociedad iraní
El Consejo Nacional de la Resistencia Iraní (CNRI), liderado por Maryam Rajavi, lleva años defendiendo una tercera vía: ni apaciguamiento ni intervención extranjera, sino un cambio impulsado por la propia sociedad iraní.Este enfoque se basa en un marco político concreto: un Gobierno Provisional para una futura república democrática y secular, sustentado en el plan de diez puntos de Rajavi, que incluye elecciones libres, soberanía popular y la separación entre religión y Estado.
Ella expresó su esperanza de que “el alto el fuego de 15 días, contrariamente a lo que buscan los restos de los mulás y del Sha, conduzca al fin de la guerra y allane el camino hacia la paz y la libertad.”El momento actual hace esta distinción aún más relevante. La guerra creó un estado de excepción que facilitó la expansión de la represión y la criminalización de la disidencia.
Las ejecuciones recientes no son un efecto colateral del conflicto. Forman parte de su lógica interna: enviar el mensaje de que el coste de organizarse, no solo de protestar, es la muerte.Resulta por ello llamativo y preocupante que ningún gobierno europeo haya condenado públicamente esta última oleada de ejecuciones. En un contexto en el que la represión se intensifica al amparo de la guerra, el silencio corre el riesgo de ser interpretado no como cautela, sino como permisividad.
La guerra puede haber terminado, pero el conflicto interno en Irán continuará. El régimen puede resistir la presión externa durante más tiempo, pero sabe que no puede contener indefinidamente a una sociedad organizada y movilizada. Porque la verdadera guerra en Irán es entre el régimen y su pueblo: por eso teme mucho más a su pueblo que a cualquier cantidad de bombas.
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