El cambio de régimen doméstico que ha intentado el presidente Trump durante el primer año de su segundo mandato no parece que vaya a resistir la mayor derrota estratégica sufrida por
Estados Unidos desde la guerra de Vietnam. Todos sus abusos para transformar radicalmente la naturaleza de su
poder ejecutivo americano, y con ello, la forma en que el resto del mundo percibe el poder de EE. UU., se han estampado contra el régimen integrista de Irán. Al optar por no quedarse del lado perdedor tras cuarenta días de improvisación, Trump ha acelerado un cambio estructural en el equilibrio de poder a escala mundial. Pese a utilizar una fuerza militar abrumadora, EE. UU. no ha podido controlar ni la evolución del conflicto ni sus resultados. Y, a partir de la ilusión inicial de éxito con la eliminación el pasado 28 de febrero del primer estrato de la jerarquía iraní, ha terminado por caer en la trampa de la escalada con más ataques, más objetivos y más amenazas, incluso genocidas. Como ha explicado el profesor
Robert Pape, de la Universidad de Chicago, el anunciado alto el fuego de dos semanas –que Israel no está dispuesto a cumplir– no pone fin a la guerra. Solamente deja en evidencia una nueva regla sobre el futuro de los conflictos armados en el siglo XXI. Durante décadas, el poder de EE. UU. significaba garantizar flujos energéticos estables. en el contexto actual, Irán ha demostrado que no hace falta controlar el sistema, basta con hacerlo poco fiable. El poder no se limita a lo que se controla, sino a lo que se puede poner en riesgo.