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"Afecta el poder adquisitivo y la estabilidad financiera."
- Antes del invierno del 2025-2026, ambos países habían erigido importantes barreras arancelarias a las exportaciones de esa clase de vehículos: de un 35% en la Unión Europea y de un 100% en Canadá.
China no solo registró su enorme superávit comercial tras años de duro conflicto comercial con el mayor mercado de consumo del mundo, sino también en medio de una deflación paralizante de su mercado inmobiliario nacional y la contracción de las cuentas de los hogares. Hace tan solo unos años, los públicos sobre el desarrollo de China incluían declaraciones sobre el “pico de China” en las que se preguntaban si el estancamiento económico llevaría al país por el camino de las décadas perdidas de Japón y si ese camino supondría una mayor agresividad o una mayor humildad en las ambiciones regionales e internacionales del país. Sin embargo, en el último año se ha vuelto más probable encontrar declaraciones acerca de la llegada del siglo chino y la necesidad del mundo de aceptar el liderazgo –cuando no el dominio– económico y tecnológico de China.
BYD se ha convertido en un gigantes de los vehículos enchufables. En la imagen su fábrica de Jinan, China BYD / Europa Press
Lo más desconcertante es que poco ha cambiado en los balances de los hogares y los gobiernos locales. Una docena de provincias chinas siguen estando prácticamente en bancarrota y depende de las transferencias centrales a cambio de programas de austeridad para hacer frente a la disminución de la carga del gasto. Los gobiernos locales recortan el gasto ante la acumulación de la deuda; por otra parte, se están reduciendo hasta desparecer los ingresos obtenidos del suelo y gracias a los cuales se mantuvieron a flote hasta el 2021. Los hogares, con menos ingresos disponibles, afectados por la contracción del valor de la vivienda y temerosos debido a la combinación de un mercado laboral débil y el aumento de la carga que supone el cuidado de las personas mayores, no están gastando más ni ahorrando menos y ello teniendo cada vez menos hijos.
Dinámica viciosa y virtuosa
Afirmar que el modelo económico de China es insostenible puede ser políticamente útil o un mecanismo de autoconsuelo, pero la realidad es que los gobiernos, las empresas y los ciudadanos de todo el mundo tienen que comprender la dinámica interna del país (tanto viciosa como virtuosa) para hacer planes frente las consecuencias externas. Lo que tenemos en la economía china es la coexistencia de una historia de desgracias y una historia de triunfos.
El esfuerzo sostenido a lo largo de más de una década por parte de China para convertirse en líder tecnológico mundial ha sido costoso, derrochador, perjudicial y, al mismo tiempo, ha tenido un éxito extraordinario. El modelo chino ha proporcionado notables mejoras en la calidad de vida de la población, que, sin embargo, parece preocupada por el futuro. En el frente externo, el mundo tiene ante sí los retos políticos y macroeconómicos de un motor de producción imparable que necesita cada vez menos de sus socios comerciales. Mientras el mundo se ha centrado en el conflicto comercial y de seguridad entre Estados Unidos y China, las decisiones reales sobre si el modelo chino es sostenible para el país y para el mundo las tomarán los ciudadanos chinos y, potencialmente, las coaliciones de países que, únicamente juntos, pueden hacer frente a Beijing.
El motor del crecimiento
El superávit comercial de 1,2 billones de dólares es el resultado de décadas de inversión en cadenas de suministro y capacidad de fabricación. Por supuesto, los superávits comerciales en China no son nada nuevo. China se convirtió en la “fábrica del mundo” gracias a las reformas económicas del país y al trabajo de una mano de obra altamente cualificada, disciplinada y con un alto nivel de formación. A medida que se eliminaron las barreras al comercio y a la inversión con la creación de zonas francas en la década de 1980, el establecimiento de zonas de desarrollo en todo el territorio en la década de 1990 y la entrada del país en la Organización Mundial del Comercio en el 2001, las empresas globales acudieron en masa a China en busca de acceso a su gran mercado interno y del aprovechamiento de las eficiencias de producción a una escala inimaginable en otros lugares. A mediados de la década del 2000, China ya era el mayor exportador del planeta y el mayor receptor de inversión extranjera directa (IED) del mundo en desarrollo. La combinación de un gran mercado interno y la apertura a la IED, lo que significaba que las empresas locales chinas suministraban y competían con marcas globales, dio lugar a mercados de productos extraordinariamente competitivos con una producción localizada y una especialización extrema.
A pesar de que en esos ecosistemas de producción las compañías chinas estaban mejorando sus procesos y productos, Beijing seguía preocupado por la posibilidad de que el país quedara relegado a una posición de base de producción de bajo valor añadido para las empresas globales, dependiente de insumos extranjeros de alto valor añadido y vulnerable al control externo sobre dichos insumos. Las políticas destinadas al progreso industrial en los sectores de alta tecnología se habían centrado sobre todo en la promoción de la “innovación nacional” y los esfuerzos intensivos en capital en todos los ámbitos, desde el desarrollo espacial hasta la energía verde, a través de grandes empresas estatales, hasta que en el 2015 el 13.º Plan Quinquenal propuso una campaña masiva de mejora industrial: “Hecho en China 2025”. Dicha campaña tenía todas las características de las campañas chinas: propaganda para señalar las áreas de interés a los funcionarios de toda la jerarquía, objetivos numéricos vagos para aspectos como el gasto en I+D y la producción local de tecnologías críticas, y movilización politizada de recursos para una rápida transformación.
“Hecho en China” supuso un salto cualitativo y cuantitativo en los esfuerzos del país por desarrollar tecnología avanzada. En términos cuantitativos, el flujo de recursos fue asombroso: la estructura de los “fondos de orientación gubernamentales” que proporcionaban capital inicial y buscaban asociaciones con la financiación privada hace que sea difícil medir el capital total invertido, pero las investigaciones detalladas sobre los fondos de orientación y las iniciativas relacionadas concluyen en general que el capital destinado a los sectores objetivo, incluidos los vehículos eléctricos, las baterías, los semiconductores y otros, fue superior a 1,5 billones de dólares en los primeros seis años de la campaña. La diferencia cualitativa es que la campaña desplegó capital mucho más allá de las empresas estatales tradicionales, y los fondos gubernamentales adquirieron participaciones minoritarias en empresas nominalmente privadas de esos sectores.
La tecnología ha centrado gran parte d elos esfuerzos modernizadores de la economía china. En la imagen robots fabricados por Lingchuang (Baoding) en una actuación por el festival de primavera ADEK BERRY / AFP
De hecho, la clase naciente de campeones nacionales en sectores de vanguardia (pensemos en el gigante de los vehículos eléctricos BYD, empresas de baterías como CATL y Gotion, y fabricantes de robótica y drones como DJI y Unitree) son empresas no estatales, pero se han beneficiado del capital barato y subsidios a la producción, así como del apoyo a la demanda de creación de mercado, como la contratación pública y el capital barato para los fabricantes que adoptaran nuevas tecnologías. En esencia, “Hecho en China 2025” estableció ecosistemas completos para los sectores avanzados a los que se dirigía, y el resultado fue catalizar la producción y la innovación a una velocidad que ha llevado a las empresas chinas a la vanguardia en el plazo de una década.
Los costes
El impulso de la política industrial no estuvo exento de consecuencias negativas. En primer lugar, a principios de la campaña, la difusa línea divisoria entre las empresas estatales y las comerciales despertó las suspicacias de los socios comerciales de China, sobre todo porque los sectores objetivo eran potencialmente de doble uso, con aplicaciones civiles y militares, y porque Xi dio prioridad a la modernización militar, y el mundo se fijó en las dimensiones tecnológicas del poder nacional. En el 2015, las compañías chinas pudieron realizar importantes adquisiciones de empresas de alta tecnología en el extranjero, incluso en Estados Unidos. Sin embargo, en el 2018, Estados Unidos y otros países ya se dedicaron a erigir barreras a la inversión china y a los flujos a China de productos de alta tecnología, como los semiconductores. De modo paradójico, la campaña para reducir la vulnerabilidad de China ante el aislamiento tecnológico extranjero aceleró el deseo de múltiples países de hacer precisamente eso, lo que a su vez le hizo parecer aun más existencial a Beijing la necesidad de autosuficiencia.
En el plano nacional, la enorme cantidad de recursos dedicados a sectores específicos se combinó con el sistema político descentralizado de China. Los gobiernos locales respondieron al llamamiento de Beijing de apostar por el avance tecnológico atrayendo y promoviendo empresas locales. El astronómico aumento de las empresas que competían por fabricar vehículos eléctricos y establecer fábricas de semiconductores generó altos niveles de competencia, lo que catalizó la innovación y redujo los costes. Sin embargo, al final de la pandemia de la covid, quedó claro que múltiples sectores eran demasiado competitivos y se veían afectados por guerras de precios perjudiciales.
Demasiadas empresas producían demasiados paneles solares, baterías, vehículos eléctricos y semiconductores tradicionales a precios tan bajos que todos los segmentos de la cadena de suministro se vieron afectados. Los ingresos, por no hablar de los beneficios, se volvieron muy difíciles de conseguir para la gran mayoría de las empresas. La necesidad imperiosa de seguridad económica y la movilización al estilo de una campaña electoral hicieron que los gobiernos locales se mostraran reacios a privar a las empresas deficitarias del apoyo gubernamental y las dejaron competir en mercados de productos cada vez más concurridos. Con un mercado interno saturado y una demanda estructuralmente baja, las exportaciones se dispararon; ello planteó un desafío para las economías desarrolladas y en desarrollo debido a las oleadas de productos tecnológicos chinos imposibles de igualar por su bajo precio. En el 2023, el mundo comenzó a preocuparse por la “sobrecapacidad” china en tanto que amenaza existencial para los sectores industriales desarrollados o que impedimento para el desarrollo de dichos sectores en las economías emergentes.
Beijing rechazó las acusaciones de “sobrecapacidad” hasta que las guerras de precios internas afectaron a los trabajadores y productores chinos. El complejidad no se llamaba sobrecapacidad, sino “involución”, una especie de hipercompetencia de suma negativa que desperdicia recursos y es más una destrucción creativaque unadisrupción creativa. En julio del 2025, Beijing lanzó otra campaña, “Antinvolución”, exigiendo a los gobiernos locales que dejaran de apoyar empresas deficitarias, que los sectores se consolidaran en torno a unos pocos grandes ganadores y que los gobiernos fijaran precios mínimos en los sectores involucionados. Al mismo tiempo, Beijing también comenzó a distribuir borradores del 15.º Plan Quinquenal, que se formalizará en marzo del 2026. Ese plan se parece mucho a “Hecho en China 2025”, pero para un conjunto de sectores completamente nuevo y más avanzado; entre ellos, la biofarmacia, la inteligencia artificial, la robótica humanoide e industrial, y componentes de la “economía de baja altitud”, como los drones y los coches voladores. Justo cuando el mundo se adapta a la producción masiva china y el país atraviesa una dolorosa consolidación en algunas tecnologías, el proceso parece estar a punto de comenzar de nuevo este mismo año.
El malestar
Al tiempo que las empresas chinas desarrollaban productos innovadores y futuristas y el mundo tomaba conciencia –al menos en su mayor parte– de la realidad de China como superpotencia tecnológica, el estado de ánimo interno era sombrío. El inicio del conflicto comercial con Estados Unidos y la preocupación mundial por la competencia tecnológica se vieron seguidos inmediatamente por la pandemia, que en China ha sido una montaña rusa. Los confinamientos iniciales se vivieron como algo duro y sorprendente a principios del 2020; luego la “fortaleza China” pareció cerrada al exterior, pero funcionando con normalidad en el interior, mientras que el resto del mundo se veía azotado por oleadas de confinamientos e infecciones. Lo cierto es que la fortaleza permaneció cerrada durante demasiado tiempo. El aislamiento de Shanghai en la primavera del 2022 y los continuos confinamientos hasta el otoño pusieron a prueba los nervios y la paciencia de los chinos; las protestas masivas en las calles a finales del 2022 pusieron fin a las restricciones pandémicas, pero no a la sensación de malestar. Los datos sobre la confianza de los consumidores muestran un colapso en la primavera del 2022, con un ligero repunte tras el fin del “covid cero”, y luego un nuevo colapso hasta volver al nivel inicial.
El puerto de Shanghai es de los más relevantes a nivel global y esencial para el comercio exterior de China - / AFP
Además, el malestar de los confinamientos por la covid se vio amplificado por el drástico colapso del sector inmobiliario que comenzó en el 2021. Durante décadas, los hogares chinos y las arcas de los gobiernos locales han dependido del sector inmobiliario para la acumulación de riqueza y los ingresos, respectivamente. Desde mediados de la década de 1990, los gobiernos locales se han encargado de la mayor parte del gasto fiscal, pero el Gobierno central se queda con la mayor parte de los ya escasos ingresos fiscales. Los gobiernos locales han gestionado la diferencia recurriendo a los ingresos procedentes del suelo mediante complejos acuerdos financieros que implican la recaudación de ingresos por arrendamiento de terrenos y también la obtención de préstamos con terrenos como garantía. El valor de los inmuebles se vio impulsado por la demanda persistente de los hogares que buscaban una salida para sus considerables ahorros (alrededor de un 25% de la renta disponible). Con restricciones a la salida de capitales, un sistema bancario dominado por el Estado que ofrecía bajos tipos de interés para los depósitos y unos mercados de valores nacionales limitados, la vivienda era la única salida práctica para la revalorización de los ahorros.
Las preocupaciones sobre la deuda de los gobiernos locales, los balances de los promotores inmobiliarios y la burbuja inmobiliaria se gestaron durante casi una década antes de que el Gobierno central impusiera límites a los préstamos a los promotores en el 2021, lo que desencadenó una lenta deflación en el sector. Incluso en el contexto actual, cinco años después, el destino de varios grandes promotores sigue siendo incierto y la contracción de los precios de la vivienda todavía no se ha estabilizado, lo que provoca aun más ansiedad a los hogares con dificultades. Por su parte, los gobiernos locales están refinanciando sus deudas bajo la supervisión del Gobierno central, y están cada vez más limitados en relación con lo que pueden ofrecer a los ciudadanos. Justo cuando la población china envejece y Beijing impulsa el consumo interno, los gobiernos locales se ven obligados a gastar menos en todo, desde las pensiones hasta la sanidad y el seguro de desempleo, por lo que los hogares ahorran más.
El éxito del sistema de innovación de China ha levantado el ánimo, pero aún no ha mejorado la situación económica del ciudadano medio. Beijing se centró en la rápida puesta en práctica de la automatización en la producción, en parte para abordar las preocupaciones sobre la demografía y la contracción de la mano de obra. El éxito fue un poco demasiado rápido, ya que los puestos de trabajo en ingeniería y servicios aún no se han materializado con la misma fuerza con la que se ha impulsado el descenso y la disminución del interés por los puestos de trabajo en la industria manufacturera. La tasa oficial de desempleo de los jóvenes con estudios (de 16 a 24 años) es de un 16,9%, y los investigadores estiman que un 39% del total de desempleados tiene una licenciatura. En el caso de que Beijing tenga éxito con los avances en la medicina impulsada por la inteligencia artificial y el desarrollo de “economías de baja altitud” con ciudades en las que estén presentes los coches voladores y los vehículos de reparto no tripulados, la pregunta será si las mejoras en la calidad de vida derivadas de una vida más barata y cómoda también pueden ir acompañadas de empleos de calidad.
Los que deciden
¿Puede China mantener la estabilidad económica y política con una economía que produce un 30% de la producción manufacturera mundial y representa solo un 13% del consumo mundial? La respuesta está en la política, tanto nacional como mundial, más que en los fundamentos o las previsiones económicas; y los que deciden no son los gobiernos de Beijing o Washington, sino el resto del mundo y los propios ciudadanos chinos.
Las exportaciones de China han aumentado en términos absolutos y han crecido un 50% desde el 2018, pero la cuota de exportaciones a Estados Unidos ha disminuido de un 19% a un 14% durante el mismo período. El resto del mundo (economías desarrolladas como la Unión Europea y Canadá y economías emergentes de Asia, África y América Latina) absorbe la mayor parte de lo que vende China. Sin embargo, también desde el 2018, las importaciones de China solo han crecido un 10%, y principalmente en materias primas. ¿Se contentarán las economías de todo el mundo con absorber productos de China a precios imposibles, mientras envían menos a China, ya que el país fabrica todo lo que necesita?
La tendencia, teniendo en cuenta el cambio de postura de la Unión Europea y Canadá con respecto a los vehículos eléctricos chinos, parece indicar que sí. En este caso, la postura de Washington y Beijing tiene su importancia, no tanto por su inteligente política, sino más bien por su poder coercitivo. La descarada intimidación de Estados Unidos hace que los países busquen la paz en las relaciones económicas con Beijing, y la compleja interdependencia con China limita los países individuales a la hora de montar defensas en sectores concretos. Es probable que las políticas de la Unión Europea y Canadá, por ejemplo, tengan más relación con no querer perder el acceso al mercado chino para sus propios productos (automóviles, productos farmacéuticos, aceite de colza) que con el deseo de vehículos eléctricos. Sigue habiendo sentimientos de rechazo por todas partes; pero, hasta que esos sentimientos se conviertan en algo sostenido y multinacional, China puede pagar sus políticas industriales eficaces pero ineficientes exportando los resultados.
En el plano nacional, el modelo solo es sostenible, económica y políticamente, si los ciudadanos chinos creen que lo es. Las reformas estructurales en las políticas fiscales y financieras no parecen estar en el horizonte político, por lo que la cuestión de la demanda se reduce más bien a lo que John Maynard Keynes denominó “espíritu animal”: si los chinos se sienten optimistas respecto al futuro, tal vez este sea bueno. La opinión sobre la salud de la economía china se ve afectada por la aparición de empresas y productos de éxito, como DeepSeek, y también por la imagen negativa de Estados Unidos. En pocas palabras, el malestar en China podría remitir sencillamente porque parece menos caótico que su contrapartida global. Sin embargo, el alivio del malestar debe materializarse en confianza en el futuro para que los ciudadanos chinos gasten más, pero también para mantener la satisfacción política con la dirección del Partido. Como el mundo vio al final de la covid, los ciudadanos chinos sí que toman las calles, pero sus decisiones diarias acerca de comprar, invertir e inventar también son importantes para China y para el mundo.
Meg Rithmire es profesora James E. Robison en la Unidad de Negocios, Gobierno y Economía Internacional de la Escuela de Negocios de Harvard
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