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"Análisis de relevancia para la actualidad."
- La mediación de Pakistán genera incomodidad en el país del Golfo, que lleva años tratando de consolidarse también como interlocutor clave entre Washington y la región.
El papel de Pakistán en este alto el fuego y el proceso negociador supone un giro sorprendente para la nación asiática, que había quedado prácticamente relegada a los márgenes diplomáticos del mundo hasta hace apenas un año. Si las negociaciones del sábado concluyen con éxito, contribuiría en gran medida a mantener su recién adquirida relevancia.
"Que haya sorprendido tanto la capacidad de Pakistán para actuar como mediador a nivel internacional solo evidencia el desconocimiento general sobre el país", afirma A. Shahid, militar retirado, desde Lahore. "Pakistán es, ante todo, un Estado construido en torno a la defensa, el conflicto y la oportunidad. A nivel global solo somos mediáticos cuando no hay titulares sobre las potencias mundiales, pero mientras otros juegan al Monopoly a gritos, nosotros movemos las piezas de un ajedrez que no de manera constante consiste en planificar, sino en saber cuándo entrar".
Mientras su guerra abierta con Afganistán sigue sin terminar, Pakistán ha conseguido algo que hace apenas unos años parecía improbable, y lo ha hecho al margen de la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán: situarse en el centro de una negociación de alto el fuego. Lo que desde fuera se interpreta como una anomalía, en Islamabad no sorprende tanto. Es su modus operandi, saber cuándo actuar y adaptarse. "Si se observa su historia, la política exterior pakistaní ha respondido más a momentos concretos que a planes a largo plazo", explica un asesor estratégico en Pakistán. "Desde la guerra fría hasta el 11-S, se repite la misma lógica: movimientos tácticos según el contexto, más que estrategias sostenidas en el tiempo".
De hecho, según esta misma fuente, Pakistán no ha sido elegido por su estrategia, sino por descarte: "Ningún otro país tenía relaciones operativas con ambas partes". En un momento en el que las posiciones están cada vez más alejadas, esa posición intermedia, casi ambigua, juega a su favor.
Irán, por ejemplo, ha ido alejándose de sus vecinos árabes, a los que ve cada vez más alineados con Washington. Pakistán, en cambio, mantiene una relación directa y sostenida con Teherán, sin ese mismo nivel de desconfianza. Al mismo tiempo, su relación con Estados Unidos ha mejorado en los últimos meses, no por afinidad ideológica, sino por una compatibilidad de intereses cuidadosamente calculada por ambas partes. "Y si hay algo que Pakistán sabe manejar bien son los matrimonios de conveniencia, y no solo en el ámbito personal", afirma A. Shahid con algo de sorna.
Detrás de la sorpresa y de lo sensacionalista de la posición de Pakistán, en realidad hay otro jugador, China, que fija las reglas reales de la negociación. "China fue, en la práctica, el actor decisivo y, además, presionó a Irán para que aceptara el alto el fuego", sostiene el asesor estratégico pakistaní, en referencia a la dependencia de Teherán respecto a Pekín en ámbitos clave como sus exportaciones de petróleo, el apoyo tecnológico y el suministro de material militar. "Pakistán actuó como intermediario o cara visible, pero el avance decisivo se produjo gracias a China, con Trump marcando el rumbo. Como suele ocurrir, Pekín permanece en segundo plano y actúa a través de terceros", añade.
China se mantiene en la retaguardia mientras deja que Pakistán asuma la visibilidad, algo que el país sudasiático acepta de buena gana y que se refleja en la narrativa oficial de los últimos días. Incluso la forma en que el primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif, anunció el acuerdo en redes sociales se alineó con el tono de Donald Trump. "EFECTIVO DE INMEDIATO", escribió, al más puro estilo del presidente estadounidense.
El interés de Pakistán no es solo geopolítico, también es doméstico. El país depende en gran medida del petróleo procedente de los países del Golfo y de las remesas que envían millones de ciudadanos pakistaníes que trabajan en la región. Las interrupciones en el estrecho de Ormuz han empujado al alza los precios de la energía y han agravado una economía ya de por sí frágil, en un contexto marcado además por tensiones persistentes con India y el conflicto abierto con Afganistán. El resultado ha sido un aumento de la presión interna, con protestas y episodios de tensión social que han encontrado cierto alivio tras el anuncio del alto el fuego.
Pakistán es consciente de que su papel de mediador, aunque celebrado de forma momentánea, no resuelve sus problemas estructurales. No faltan voces críticas con la implicación en un conflicto más allá de sus fronteras cuando persisten dificultades sin resolver en casa. "Hoy, tanto la frontera oriental como la occidental son hostiles", explica el asesor estratégico en Pakistán. "Sin embargo, la mediación no altera esa situación, ni es siquiera contradictoria, porque no hay conexión. La política exterior opera en un plano distinto al de las tensiones estructurales que definen el entorno inmediato del país."
A esto se añaden nuevas fricciones en su ya compleja relación con India. La reacción de Nueva Delhi, que lleva años construyendo una imagen de potencia fiable, alineada con Occidente y con vocación de liderazgo regional, ha sido contenida en las formas, pero crítica en el fondo. Desde el entorno político y mediático indio se cuestionan tanto la legitimidad como la capacidad real de Pakistán para desempeñar un papel de mediador, subrayando su fragilidad interna y su historial de ambigüedad estratégica.
Otro de los frentes que se abren, menos visible pero potencialmente relevante, es el de los Emiratos Árabes Unidos. Durante años, Abu Dabi fue uno de los principales apoyos financieros y políticos de Islamabad. Hoy, sin embargo, Pakistán ha perdido peso en sus prioridades estratégicas, mientras Emiratos ha reforzado su alineamiento con Estados Unidos y ha estrechado sus vínculos con India, percibida como un socio más estable y con mayor proyección económica. La mediación de Pakistán genera incomodidad en el país del Golfo, que lleva años tratando de consolidarse también como interlocutor clave entre Washington y la región.
Esta tensión empieza a trasladarse también al plano social. En Abu Dabi, las restricciones a la libertad de expresión se han endurecido especialmente para la comunidad pakistaní, con mayores controles y una creciente sensibilidad ante cualquier expresión pública de posicionamiento político. "Dos compañeros míos, ingenieros pakistaníes que llevaban años trabajando aquí, han sido deportados esta semana", explica O. S., director ejecutivo de una empresa energética con mayoría de empleados pakistaníes. "He pedido a mis trabajadores que eviten cualquier comentario político, incluso celebrar lo que consideran un logro de Pakistán".
Un logro que, por otra parte, quizá no lo sea tanto. "Antes de cantar victoria, habría que preguntarse por qué se ha colocado, o se ha permitido que se coloque, a Pakistán en esa posición", advierte el militar retirado A. Shahid. "La relación con Estados Unidos será positiva mientras a Donald Trump le interese, y sabemos de su volatilidad, hablamos de un actor imprevisible. Que Pakistán sea clave hoy no garantiza que lo sea mañana".
Este protagonismo en tiempos convulsos resulta atractivo y, por un momento, distrae del pesimismo generalizado de los últimos meses: el patito feo se convierte en cisne. Desde una perspectiva más realista, sin embargo, la dependencia económica del país, las tensiones internas y su capacidad limitada para sostener influencia a largo plazo hacen poco probable que se mantenga como un actor fuerte en este mapa geopolítico. "El poder real hoy es económico", resume el asesor. "Y en ese terreno, Pakistán sigue en desventaja".
El país, por tanto, no ha dejado de ser un actor incómodo. Pero ha sabido convertir esa incomodidad en utilidad. Y en un orden internacional cada vez más fragmentado, eso, aunque sea de forma intermitente, puede ser suficiente. Al menos hasta que Donald Trump decida lo contrario.
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