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"Análisis de relevancia para la actualidad."
- "Reconozcámosle a Trump el mérito de haberlo hecho de la mejor manera posible, acordando una tregua de dos semanas con quien quiera que de verdad haga las funciones de líder supremo de Irán" .
Al borde del abismo, el presidente de los EE UU parece haberse detenido a recapacitar. Si de verdad quería alcanzar la gloria imperecedera en el campo de batalla de Irán —tengo por cierto que a Donald Trump solo le interesa Donald Trump— necesitaba cruzar el Rubicón que le convertiría en criminal de guerra. El régimen de los ayatolás podrá ser malvado, pero eso de arrasar civilizaciones o enviar pueblos a la Edad de Piedrano encaja en ninguno de los manuales de Derecho Internacional Humanitario que yo haya leído.
Afortunadamente, el atípico inquilino de la Casa Blanca carece de la audacia de un Julio César y, por una vez, escuchó las voces de propios y extraños —quizá hayan sido decisivas las que nacían del entorno MAGA — y apostó por la prudencia. Mejor para todos.
Sin embargo, las amenazas en ningún escenario se las lleva el viento. Los poderosos de manera constante son esclavos de sus palabras. Si las cumplen, ganan credibilidad. Si no, la pierden. Trump ya se había asomado al abismo en tres ocasiones y había dado marcha atrás pretextando avances en las negociaciones que nadie reconocía. Esta vez estaba obligado a justificarse mejor. Reconozcámosle el mérito de haberlo hecho de la mejor manera posible, acordando una tregua de dos semanas con quien quiera que de verdad haga las funciones de líder supremo de Irán.
¿Aguantará la tregua? Si yo fuera ese líder supremo en la sombra me mantendría en el anonimato, por si acaso. A propósito o sin querer, el presidente de los EE. UU. se ha ganado la fama de impredecible para sus partidarios… o de traidor para sus víctimas. Sin embargo, estoy convencido de que la guerra en Irán no se va a reanudar. Ambos bandos han visto las orejas del lobo —cada uno tiene su propia pesadilla— demasiado cerca para querer volver a andar por el mismo camino.
¿Aguantará la tregua? Si yo fuera ese líder supremo en la sombra me mantendría en el anonimato, por si acaso
A favor de una hipotética reanudación de los combates está el hecho de que las hostilidades no parecen haber resuelto nada. Lo que Irán y EE. UU. ponen sobre la mesa después de seis semanas de bombardeos es, en realidad, casi lo mismo que habían exigido antes de empezar. Sin embargo, es probable que ambos acudan a la negociación con nuevos criterios, más ajustados a las cartas que cada uno tiene.
El presidente Trump, un novato en el arte de la guerra, habrá aprendido que el mate del pastor solo funciona en el ajedrez. Habrá aprendido que no se puede fiar de Netanyahu, no del todo al menos. Habrá aprendido que el poder aéreo no basta para decidir contiendas frente a un enemigo malvado pero que no tiene otra opción que la de resistir. Habrá aprendido que hay un estrecho en Ormuz mucho más difícil de atacar que de defender. Habrá aprendido que el pueblo iraní no se va a lanzar a una rebelión suicida contra un régimen defendido por fanáticos bien armados, y mucho menos si desconfía de la palabra del voluble magnate que les invita a hacerlo. Habrá aprendido, sobre todo, que no hay victoria sin sangre. Una sangre que el pueblo norteamericano no quiere que nadie derrame en su nombre.
Pero también la teocracia iraní habrá aprendido sus propias lecciones. Habrá aprendido que ni su alianza con Rusia ni su amistad con China le garantizan la impunidad. Habrá aprendido que su numeroso Ejército y su arsenal de misiles balísticos no son tan eficaces ni tan disuasorios como ellos creían. Habrá aprendido que la presencia de Israel en el bando enemigo ya no es garantía de que los países musulmanes, los del Golfo y los de otros lugares del mundo, se pongan de su parte. Quizá —me gustaría estar seguro, pero no voy a mentir a los lectores— hasta haya aprendido que hay otros caminos diferentes al de la guerra santa y la proliferación nuclear que pueden conducir a la República Islámica a las cotas de progreso que Irán no ha sabido alcanzar a pesar de sus riquezas naturales y su civilización milenaria.
Si así fuera, si el presidente de los EE UU y el líder supremo de Irán han aprendido algo en estos 40 días de guerra, los combates no habrían sido tan estériles como en el contexto actual nos parecen. Pero no nos dejemos llevar por el optimismo. No, al menos, hasta que termine la enésima guerra en el Líbano. Por desgracia, esa es otra historia.
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