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- Cuando íbamos en el Uber camino al estadio para ver a Venezuela jugar contra República Dominicana en el Clásico Mundial de Béisbol , el conductor cubano nos preguntó de dónde veníamos.
Cuando íbamos en el Uber camino al estadio para ver a Venezuela jugar contra República Dominicana en elClásico Mundial de Béisbol, el conductor cubano nos preguntó de dónde veníamos.
“¡Hola, Venezuela!”, nos había dicho al subir a su carro. Pero al escucharnos hablar, supo que, como él, teníamos mucho tiempo sin volver a casa.
Muy crítico de la selección cubana, ya eliminada a esa hora por Canadá. “La política no permite que jueguen los mejores”, manifestó. Luego contó que había sido tercera base y lanzador hasta que una lesión lo sacó de la serie nacional de béisbol a los 21 años. Un año después llegó a Miami. 30 años más tarde no se acostumbra a “los gringos” ni a vivir solo para trabajar.
Le contamos que vivíamos en el oeste de Canadá y que, si bien nos habíamos nacionalizado, no podíamos apoyar a otra selección que no fuera la venezolana. “Uno es de donde nació”, expresó. Repitió cinco veces que cuenta los días para regresar a la isla.
El Uber nos dejó a 10 minutos andando del Loan Depot Park. En ambas aceras vendían réplicas de uniformes, banderas, gorras y pines. Había pinchos y perros calientes. Humo, aceite y desorden, como corresponde.
En el estacionamiento del estadio había unos carros con la maleta abierta y merengue a toda mecha. Gente con charrascas y bailando. Se nos había olvidado que estábamos en Estados Unidos.
Volver al Universitario
Esta no era la primera vez que nos subíamos a un avión para ver béisbol que, para nosotros, que vivimos tan lejos y en una ciudad a la que solo le interesa el hockey, es una forma de recordar un lenguaje conocido (bolas y strikes). Hemos estado en el estadio de los Azulejos pero no se nos aceleró el pulso de esta manera. en ningún escenario encontramos un ambiente como el que se armó en Miami por el Clásico; parecía que habíamos vuelto a Caracas y al estadio Universitario.
Supimos, haciendo la fila para entrar al estadio, que la afición rival nos superaba en número y decibeles. Apretujados, en procesión hacia el único acceso disponible, venezolanos y dominicanos repetían que tenían tres años esperando este juego de revancha (Venezuela ganó el duelo en el Clásico de 2023 y perdió todos los anteriores).
Una pareja dominicana que voló desde New Jersey estaba sentada al lado. Se creían favoritos al título, pero decían que había que tener cuidado con Acuña y estaban maravillados con Daniel Palencia.
Rápido en el juego, Dominicana se fue arriba en el marcador y también su barra. “¿Y en el contexto actual?”, preguntaba a coro otro grupo de dominicanos sentado más abajo, sonando la charrasca, cada vez que su selección incrementaba la ventaja.
Al caer el último out, corearon “comimo arepa”. “Es chercha”, me dijeron un par de veces, para aclarar que era todo en broma, nada personal ni con ánimos de ofender. Se despidieron con abrazos, apretones de manos y una sonrisa. Sentí que sin importar el resultado, y por venir de tan lejos, los que fuimos a ese juego estábamos agradecidos simplemente por ver tantas estrellas juntas. Ese juego pagó el viaje.
Nos regresamos a casa pensando que el Japón de Ohtani, que ya ha ganado el torneo tres veces, nos iba a eliminar en cuartos de final y que se iba a cumplir el deseo de los dominicanos de comer arepa y sushi; aun creíamos que le podían ganar a los gringos.
Como tenemos una perrita nerviosa, no pudimos celebrar efusivamente el jonrón de Ronald Acuña Jr ni la remontada del sexto inning. Cuando cayó el out de Ohtani nos miramos con incredulidad y nos abrazamos.
Después de ese batacazo, para el partido de semifinales contra Italia, que se jugó otra vez a la hora de cenar, andaba supersticioso. Reacomodamos toda la mesa de comedor para verlo, otra vez, sentados uno al lado del otro, no frente a frente como de costumbre.
Hasta el octavo inning, pensé que había sido una mala idea y que iba a ser mi culpa si quedábamos fuera.
El fantasma de otras vinotintos acechaba. Pero el equipo remontó. Puñetazos al aire, gritos contenidos, celebración ahogada. Todo por nuestra perra. Vimos el juego contra Estados Unidos en el sofá; el desconcierto de estar en la final de algo nos hizo olvidar la cábala.
Todavía no puedo creer que Venezuela le haya jugado el mejor partido de sus vidas a la selección de un país que dice que nos tutela. Que después de décadas de desapariciones, pérdidas, separaciones, horrores, frustraciones, ese equipo nos haya recordado que nos pueden pasar cosas buenas. Por eso, cuando Palencia ponchó al último bateador, no he podido dejar de ver ese video, lloramos. El orgullo, lástima que aquí no hay a quien presumirselo, aún no se nos pasa.
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