Donald Trump trata de convencer al mundo de que la frágil tregua en Irán puede convertirse, y acabará convirtiéndose, en un triunfo rutilante de
Estados Unidos . En una encarnizada batalla por imponer su versión de los hechos, la Administración norteamericana sostuvo el primer día de alto el fuego que este no es una concesión táctica ni una pausa incierta, sino la consecuencia directa de una campaña militar arrolladora que, según Washington, ha destrozado la capacidad ofensiva iraní, ha obligado al régimen a recular y ha abierto una fase de negociación bajo presión. Ese es el marco que trataron de fijar este miércoles el secretario de Defensa,
Pete Hegseth, el jefe del
Estado Mayor Conjunto,
Dan Caine, y la portavoz de la
Casa Blanca,
Karoline Leavitt . Los tres comparecieron el miércoles con una idea central que vender: Irán no ha conseguido una salida honorable, sino que se ha visto forzado a aceptar una tregua de dos semanas después de 38 días de bombardeos y ante la amenaza explícita de una nueva oleada de ataques todavía más devastadora. La
Casa Blanca insiste en que Trump no ha aflojado, en que esto no es una claudicación, en que los objetivos se han logrado, aunque no esté todavía muy claro cuáles eran estos. Trump sostiene que ha llevado a Teherán al punto exacto en el que quería situarlo: exhausto, vigilado y obligado a negociar, tras un cambio de régimen en que un ayatolá ha sucedido a otro, que era su padre.