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- Durante años, la llamada generación Z fue señalada por estar distraída o indiferente a la política.
Si bien mantiene una profunda desconfianza hacia los partidos políticos y las instituciones tradicionales, su distancia no es apatía, sino un rechazo crítico a estructuras que consideran ineficaces, corruptas y desconectadas de los problemas reales que enfrentan: inseguridad, desigualdad, precariedad económica y falta de oportunidades.
Durante años, la llamada generación Z fue señalada por estar distraída o indiferente a la política. Sin embargo, lo ocurrido en distintas partes del mundo demuestra que esa lectura era superficial. En países como México, Marruecos, Indonesia y Filipinas ha logrado desbordar agendas públicas; en otros, como Bangladésh, Perú, Nepal o Madagascar, su empuje ha llegado incluso a precipitar cambios de gobierno o a forzar giros institucionales significativos. Quieren cambios y los quieren ya.
Casi todas estas protestas tienen elementos comunes: una generación frustrada por la corrupción y la desigualdad, que rechaza la política tradicional y organiza movimientos mayoritariamente sin líderes. Su descontento se amplifica a través de plataformas digitales como TikTok y Discord, y encontró como poderoso símbolo la bandera pirata del animé One Piece (una calavera con un sombrero de paja), ya convertida en un emblema global de resistencia, que se ha visto en manifestaciones.
Esta juventud no se conforma con promesas vacías ni con discursos partidistas y ha aprendido a identificar que la política, tal como se la ha visto a lo largo de múltiples gobiernos, rara vez cumple con lo que promete, por lo que han comenzado a comprender que la falta de participación colectiva en los asuntos públicos tiene consecuencias directas sobre sus vidas.
Todo parece indicar que lo que esta generación ha iniciado no es tan solo una moda, sino el nacimiento de una nueva conciencia que entiende que el cambio no vendrá de arriba, sino de la participación activa y sostenida desde abajo.
- Nota de Opinion
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